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lunes, 24 de diciembre de 2007

La religión, una enfermedad nacida del miedo


Mi opinión acerca de la religión es la de Lucrecio. La considero una enfermedad nacida del miedo y una fuente de indecible miseria para la raza humana. No puedo, sin embargo, negar que ha contribuido en parte a la civilización.
Primitivamente ayudó a fijar el calendario, e hizo que los sacerdotes egipcios escribieran la crónica de los eclipses con tal cuidado que con el tiempo pudieron preverlos. Estoy dispuesto a reconocer esos dos servicios, pero no conozco otros.
La palabra «religión» se emplea hoy con mucha ligereza. Algunos, bajo la influencia de un protestantismo extremo, emplean la palabra para denotar las convicciones personales serias con respecto a la moral o a la naturaleza del universo. Este uso de la palabra es completamente antihistórico. La religión es primordialmente un fenómeno social. Las iglesias pueden deber su origen a maestros con fuertes opiniones individuales, pero dichos maestros rara vez han tenido gran influencia en las iglesias que fundaron, mientras que las iglesias han tenido una enorme influencia en las comunidades en que florecieron. Por poner el ejemplo más interesante para los miembros de la civilización occidental, las enseñanzas de Cristo, tal y como aparecen en los evangelios, han tenido muy poco que ver con la ética de los cristianos. Lo más importante del cristianismo, desde un punto de vista histórico, no es Cristo sino la Iglesia; y si vamos a juzgar el cristianismo como fuerza social, no debemos buscar nuestro material en los evangelios. (…)
No hay nada accidental en esta diferencia entre la iglesia y su fundador. En cuanto se supone que la verdad está contenida en los dichos de un hombre determinado, hay un cuerpo de expertos que interpretan lo que dice y que inexorablemente adquieren poder, ya que poseen la clave de la verdad. Como cualquier otra casta privilegiada, adquieren el poder en beneficio propio. Sin embargo son -en un sentido- peores que cualquier otra casta privilegiada, ya que su misión consiste en difundir una verdad invariable, revelada de una vez para siempre en toda su perfección, de forma que se hacen necesariamente contrarios a todo progreso intelectual y moral.
La iglesia combatió a Galileo y a Darwin; en nuestra época, combate a Freud. En sus épocas de mayor poder fue más allá en su oposición a la vida intelectual. El Papa Gregorio el Grande escribió a cierto obispo una carta que comenzaba así: «Nos ha llegado el informe, que no podemos mencionar sin rubor, de que enseñáis la gramática a ciertos amigos». El obispo fue obligado por la autoridad pontificia a desistir de su maligna labor y el mundo latino no se recuperó hasta el Renacimiento.
La religión es perniciosa no sólo intelectual sino también moralmente. Quiero decir con esto que enseña códigos de conducta no conducentes a la dicha humana. Cuando hace unos años se hizo un plebiscito en Alemania para ver si las casas reales destronadas podían disfrutar de su patrimonio privado, las iglesias alemanas declararon oficialmente que privarlas de él sería contrario a las enseñanzas del cristianismo. Las iglesias, como es sabido, se opusieron a la abolición de la esclavitud (mientras se atrevieron), y con unas pocas y sonadas excepciones, se oponen en la actualidad a todo movimiento por la justicia económica.

Por Bertrand Russell

viernes, 30 de noviembre de 2007

La Verdadera Virtud


El ateo es aquella persona que niega la existencia de dios, no por rebeldía o resentimiento, sino simplemente por la imposibilidad de conocerlo ante la falta de toda evidencia de su existencia. El ateo suele ser visto como un nihilista ético por aquellos que han logrado “conocer” a dios: alegan que, al fin y al cabo, si no hay un ser allá arriba que nos mire y nos castigue ¿por qué los seres humanos hemos de encontrar límite a nuestras acciones y deseos? Como Iván Karamazov decía en Los hermanos Karamazov, la célebre novela de Fiódor Dostoyevski: “si Dios no existe, todo es permitido”.

Por supuesto esta concepción es totalmente absurda, la negación de dios no lleva consigo la negación de la ética: no significa un cheque en blanco para obrar como se antoje. El ateo, a diferencia del hombre temerario a dios, es alguien que ha elegido sus valores por el valor mismo y no como una transacción comercial para obtener las llaves del cielo y librarse del infierno; el ateo elige su moral a partir de la razón, la escogencia y la comprobación, no a partir la obediencia y la revelación. Elige no por el miedo sino por la convicción. El ateo sabe bien que la virtud es un estado de constancia en la vida y no algo que se alcanza por el mero arrepentimiento durante los santos oleos.


Evidentemente el ateo es un hombre verdaderamente libre, pues actúa no para lograr la gracia de un ser superior ni su salvación en el paraíso, sino para si mismo. Al ser libre inmediatamente pesa sobre él la responsabilidad, una de las virtudes más detestadas por los hombres. Al ser responsable no tiene chivo expiatorio a quien culpar o deidad a quien acudir: todas las consecuencias de sus actos y omisiones, las buenas y las malas, son suyas única y exclusivamente, por lo que el ateo no busca refugio en frases vacías como: “si dios quiere”, “dios sabe porque hace las cosas” o “dios tiene cosas mejores preparadas para mí”. El ateo disfruta de este mundo plenamente porque sabe que el tiempo perdido jamás podrá ser recuperado, que lo dejado de vivir jamás podrá ser experimentado. El ateo tiene el reto de cultivarse plenamente en este mundo, de alcanzar sus metas en esta tierra ante la inexistencia de una segunda oportunidad más allá de la muerte.


Por todo ello el ateo tiene la difícil tarea de descubrir el arte de vivir, de no enajenarse de su realidad, de alcanzar la felicidad por sus propios medios en el hoy y en el ahora, sin acudir a seres fantásticos que le deparen la salvación. Ante esto ¿quién es el verdaderamente virtuoso?

Por J.G.